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Campos de actuación de la actividad voluntaria
En la actualidad las asociaciones de voluntarios están en constante evolución, conviviendo realidades que desde el modelo tradicional asistencial y amable, se encamina hacia una dimensión en la que se conjugan la solidaridad y la profesionalidad, en campos de acción con ideologías y filosofías en muchos casos distantes, pero nacidas la mayoría de ellas de una manera espontánea, como respuesta a una serie de problemas e inquietudes sociales, que ningún gobierno es capaz de detectar en el momento en el que se producen en el seno de su sociedad (Estivill, 1999; Honrubia, 1999, y Bilbao, 2000).
Estemos o no a favor de la acción voluntaria, la sociedad la necesita y, de hecho, ella misma la genera, al tener la capacidad de crear continuamente nuevas colectividades con proyectos emergentes, a los que aportar soluciones a problemas que sólo más tarde, y no siempre, serán recogidos por las distintas administraciones (Fantova, 2001 y Rossi y Boccanin, 2001).
En la Unión Europea se calcula que entre un tercio y un medio de la población –aproximadamente cien millones de personas- pertenecen a una organización no gubernamental. Esto supone un potencial enorme de ciudadanos dispuestos a apoyar y colaborar en los más diferentes proyectos y tareas.
El voluntariado social es un fenómeno que día a día va cobrando mayor fuerza. Pero sabemos que la fortaleza de una realidad social, no depende sólo del número de personas o de grupos que la secundan, sino el grado de cambio social que logran realizar, influir o canalizar. Ciertamente pueden existir –y existen- formas de voluntariado que nada tienen que ver con cambios sociales: el voluntario que enseña un museo o el jubilado voluntario que ayuda a regular el tráfico a la puerta de los colegios, etc. Este voluntario cultural, deportivo, hasta podríamos llamarlo cívico es legítimo (Aranguren Gonzalo, 2001).
Hoy en día, el avance vertiginoso de nuestra sociedad nos lleva a hablar de actuaciones voluntarias encaminadas no solo a cubrir las necesidades básicas de nuestro entorno, sino a satisfacer intereses creados mucho más variados y heterogéneos, lejos ya de los estereotipos paternalistas iniciales, ofreciendo sus actuaciones en espacios más complejos e interactivos con otros agentes de la sociedad (Gil García, 1990; García Roca, 1990 y VV.AA, 1994). La actuación del voluntariado, históricamente venía a cubrir aquellas deficiencias que el Estado no solucionaba, bien por falta de recursos o bien por falta de conocimiento, pero la crisis del Estado del Bienestar da paso a una sociedad que tiene que ir dando respuesta a “un periodo de mutación histórica”, con transformaciones políticas, sociales y económicas rápidas, complejas y difíciles de analizar de una sociedad rota por las desigualdades a través fundamentalmente de sus comportamientos colectivos (Equipo Claves, 1994; Renes, 1990 y Godoy y Franco, 2000).
La responsabilidad del estado y de los gobiernos son fundamentales para canalizar los recursos en programas de desarrollo sostenible. Pero además de las actuaciones institucionales, es imprescindible también el compromiso de la propia sociedad civil en la atención a personas marginadas, en la presión hacia las instituciones públicas y en la elaboración de propuestas alternativas a los modelos imperantes de lucha contra las desigualdades. Y como catalizadores de esta acción social, el voluntariado es una de las actividades esenciales que en cada país debe germinar y afianzarse como una red que no sólo asista allí donde el Estado no puede llegar, sino que actúe desde esa responsabilidad que la sociedad debe recuperar como tejido solidario en un mundo que viaja hacia la deriva de individualismo paralizante (Caravantes, 2001).
A partir de la idea de intentar dar soluciones desde un punto de vista colectivo, apartándonos de iniciativas individuales, la expansión del voluntariado como agente social empieza a no conocer fronteras. A parte de los aspectos sociales (derechos humanos, pobreza, tercer mundo…etc.) las actuaciones del voluntariado han desbordado todas las predicciones para emprender acciones en los terrenos más diversos e imposibles de predecir algunos años atrás: ecología, olimpismo, cultura… dando cada vez más importancia a actuaciones preventivas en el marco educativo, del ocio y tiempo libre que se encuentran inmersas dentro del marco cotidiano de la convivencia (Gil García, 1990; López Noguera, 1996 y Enciso, 2000).
Estas organizaciones voluntarias son agrupamiento de personas que comparten y defienden intereses comunes, motivados por la necesidad de colaborar en la construcción de la sociedad civil. Sus tareas –delegadas por el Estado o por propia iniciativa- se proyectan más allá de los miembros asociados tratando de dar respuesta a una demanda o necesidad no satisfecha ni por el sector público ni por el mercado (Bilbao, 2000 y Montagut, 2000).
Las funciones sociales que satisfacen las organizaciones de voluntarios son múltiples y siempre importantes dentro de la sociedad civil: dinamizan el tejido social, funcionan como mediadores ante los poderes públicos, impulsan la participación de los ciudadanos, colaboran en la construcción de un buen sistema de servicios sociales y hasta critican el abandono que padecen los más desfavorecidos dentro del organigrama de Estado (Montagut, 2000 y Aguilera Luna, 2003).
Los voluntarios no son personas que viven al margen de la sociedad, muy al contrario, lo que logran es profundizar en su propia realización como ciudadanos conscientes. El voluntariado surge con la sociedad y evoluciona con ella; es un claro ejercicio de ciudadanía y de participación, que adquiere su máximo significado desde los conceptos de solidaridad y justicia, en cuanto a expresión de dos de los valores más elevados de la condición humana. La ciudadanía implica la identificación del individuo como sujeto de derechos, entre los que destaca de modo principal el derecho a asumir libremente sus compromisos, manifestado en la voluntad de cooperar.
Las personas que componen una colectividad pueden convivir sin más, sin ninguna pretensión, “sin hacer mal al prójimo”. Pero una sociedad democrática sólo crece en libertad, participación y justicia, cuando sus propios ciudadanos toman conciencia e intentan construir una convivencia más humana.
La democracia, en la que viven la mayoría de las personas del mundo occidental, es en la generalidad de los casos meramente formal, con elecciones periódicas en la que los distintos partidos políticos en liza hacen promesas de bienestar que en muchos casos terminan borrándose en el polvo del olvido.
Los que de verdad hacen que la democracia siga funcionando son los hombres y mujeres que no creen solo en el pragmatismo, tal como afirma Mesa Bouzas (1997), sino que se dejan impregnar por la utopía de la democracia, creen firmemente que la participación en la vida social como vehículo de convivencia, y hacen una apuesta con su propio compromiso, para que su acción llegue a todos los ámbitos de la vida cotidiana.
El Concepto Voluntariado esconde una realidad muy rica y variada. Se podría decir que se esconden realidades muy distintas, tal como vamos a observar a continuación al referir diferentes textos.
En la resolución adoptada por el Parlamento Europeo en diciembre de 1983 encontraremos las cuatro características de base sobre el voluntariado: no es obligatorio, es interesante para la sociedad, normalmente no remunerado y se realiza en un cuadro más o menos organizado.
Así podemos acabar entendiendo esta palabra convertida siempre en acción social, tal como afirma García Roca (1994:62) como un servicio gratuito y desinteresado que nace de la triple conquista de la ciudadanía: como un ejercicio de la autonomía individual, de la participación social y de la solidaridad para con los demás.
Por otra parte Calo (1990:14) expone que sería voluntario el que actúa desinteresadamente, con responsabilidad, sin remuneración económica, en una acción realizada en beneficio de la comunidad, que obedece a un programa con voluntad de servir; en una actividad solidaria y social, el trabajo del voluntario no es su ocupación laboral habitual, es una decisión responsable que proviene de un proceso de sensibilización y concienciación, respeta plenamente al individuo o individuos a quienes se dirige su actividad y puede trabajar de forma aislada, aunque por lo general actúa en grupo.
Según Tuazza y Cáritas (citado por VV.AA, 1993) el voluntario es el que, además de sus propias labores profesionales y de estatus, de modo continuo, desinteresado y responsable dedica parte de su tiempo a actividades no a favor de sí mismo ni de los asociados (a diferencia del asociacionismo) sino a favor de los demás o de los intereses sociales colectivos, según un proyecto que no se agota en la intervención misma, sino que tiende a erradicar las causas de la necesidad o marginación social.
Las características básicas incluidas en la mayoría de las definiciones sobre voluntariado son: F El hecho de que sea una opción escogida libremente. F Que el servicio se haga exclusivamente a favor de la sociedad o parte de ella. F Que se lleve a cabo desde una asociación.
Lo que está cada vez más claro es que, en el trascurso de los últimos años se ha ido manifestando con más intensidad en la sociedad civil esta necesidad de ayudar que se acentúa por el logro en la práctica de la reducción de horas laborales, quedando por lo tanto un tiempo libre que cada persona debe cubrir según sus deseos. Los voluntarios sociales no son gente despreocupada que no sabe que hacer con su tiempo; son individuos que no sólo quieren dedicar ese tiempo a estar con los amigos y amigas, sino que también desean emplearlo en la entrega solidaria por el bien de los demás.
En contraposición no se considera voluntario al que presta una mano de obra barata, el que sustituye a profesionales, aún en ausencia de éstos, el que realiza prácticas académicas o profesionales, el que persigue la acumulación de méritos personales para conseguir un puesto de trabajo (Resolución adoptada por el parlamento Europeo en Diciembre de 1983 y citado por López Noguero, 1996 y Jiménez Rodríguez, 1995). Por Raquel Pérez Serrano - José Domingo Hidalgo Herrera - Francisco Manuel García Ramírez |
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