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efydep.com.ar - Agosto 2008 - Nº 63 - ISSN 1669-5291

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Revista de discapacidad, integración y diversidad en el campo de la Educación Física 

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Origen de la acción voluntaria deportiva

 

Todos alguna vez  a lo largo de nuestra vida nos hemos enfrentado a situaciones que requerían nuestra ayuda, nuestro apoyo, haciendo uso de la voluntad de hacer algo por alguien, como opción escogida libremente aún sabiendo que ello supone un esfuerzo por nuestra parte. La ética de la solidaridad, dedicando parte del tiempo de uno mismo  a los demás, constituye el soporte fundamental en las tareas del voluntariado (López Paz, 2000; Caride Gómez y López Paz, 2002 y Aguilera Luna, 2003).

 

Bajo la premisa anterior, no es difícil afirmar que todos somos potencialmente voluntarios, ya que la voluntad de ayudar a otras personas, instituciones, y en general, a lo que tengamos a nuestro alrededor es algo que está muy unido a la condición humana (Gutierrez Resa, 2001). Pero ello no quiere decir que la posibilidad de vivir juntos sea algo natural del orden social sino una aspiración que debe ser socialmente construida (López Paz, 2000 y Caride Gómez y López Paz, 2002).

 

En una sociedad en la que el individualismo, la competencia y el triunfo radica en ser y tener más que los demás, el voluntariado surge con más fuerza afirmando que los seres humanos os necesitamos los unos a los otros, en cualquiera de las esferas de nuestra vida cotidiana. El movimiento social del voluntariado está más cerca de la cultura de la participación y solidaridad que de los despegos y barreras que resultan de la era de la globalización y del mercado capitalista, creando cohesión en una sociedad individualizada a partir de la utilización de la democracia cotidiana (Beck, 2000; Elzo, 2001 y Kerkhofs, 2003).

 

Pero este apoyo solidario, debido a la complejidad creciente de nuestra sociedad tiene que estar cada vez más organizado, así el voluntariado en la actualidad no se entiende como iniciativas individuales de ayuda mutua sino, que es producto de una sociedad civil cada vez más organizada que empieza a conocer cuales son sus necesidades y sus intereses. Independientemente de que estemos o no de acuerdo de cual es el cometido principal de los voluntarios, su poder, ajeno a la política y a la economía, radica en otros dominios en los que el compromiso es un elemento esencial (Rodríguez y Agulló, 1999; Chucho, 2000; Moreno, 2000; BOJA nº 84, 2001; Bernal, 2002 y Aguilera Luna, 2003).

 

El movimiento del voluntariado no es algo nuevo, sino que nace con la propia sociedad, lo que sucede en la actualidad con el nuevo milenio es la aparición de un movimiento renovador teniendo su momento de inflexión y reconocimiento oficial, en el hecho de que las Naciones Unidas en su sesión de 17 de diciembre de 1985 proclamase el 5 de diciembre de cada año, como Día Internacional de las personas Voluntarias para el Desarrollo Económico y Social y declarase posteriormente al año 2001 Año Internacional del Voluntariado.

 

El movimiento de los voluntarios se expande e incrementa tanto por el número de personas que intervienen en él, como por la extensión de los objetivos y ámbitos de actuación en el que se presentan, manifestándose en la actualidad fundamentalmente en aquellas sociedades que están más avanzadas, que gozan de una cierta estabilidad en términos culturales, económicos y políticos, países cos regímenes democráticos donde se manifiestan el estado de derecho y las libertades individuales y colectivas (López de Aguilera, 1990 y García Roca, 1990).

 

Hoy en día, el avance vertiginoso de nuestra sociedad nos lleva a hablar de actuaciones voluntarias encaminadas no solo a cubrir las necesidades básicas de nuestro entorno, sino a satisfacer intereses creados mucho más variados y heterogéneos, lejos ya de los estereotipos paternalistas iniciales, ofreciendo sus actuaciones en espacios más complejos e interactivos con otros agentes de la sociedad. Esta diversidad de espacios ha ido unido a un crecimiento cuantitativo del voluntariado, pero sin olvidar la necesidad de ligar el número a la calidad de las actuaciones, para lo que se precisa una formación adecuada que nos va a llevar a iniciativas y actuaciones concretas, procurando satisfacer esa demanda de una manera eficaz (Gil García, 1990; Moreno, 1999 y Enciso, 2000).

 

El voluntario social europeo nació a partir de la I y II Guerra Mundial, como respuesta a las necesidades que experimentó la población europea en las tareas de reconstrucción de sus respectivos países. Esto generó un clima de solidaridad y civismo propiciando la creación y adaptación de entidades voluntarias dando respuesta a las necesidades existentes. Ciertamente, estas entidades y asociaciones de voluntarios tuvieron connotaciones distintas según las condiciones socio-económicas y políticas de cada país, pero todas ellas parecieron tener en común un mismo objetivo: paliar en lo posible las carencias originadas por la creciente industrialización, la masificación urbana y la desaparición de los tradicionales sistemas de ayuda (familia, vecindad…etc.).

 

En España, tanto en el siglo XIX como en el XX, hasta la Guerra Civil, la acción solidaria se caracterizó por el peso ejercido por la religión y la Iglesia católica, con un marcado talante benéfico y asistencialista, estas actuaciones iban encaminadas hacia los “pobres de solemnidad”.Por la trayectoria socio-política de España en los últimos 40 años, la figura del voluntariado no ha tenido tanta fuerza como en otros países europeos y, es por ello que la cultura del voluntariado no ha conseguido afianzarse en nuestro país hasta hace bien pocos años. La aparición de un contexto legal (Constitución Española, Estatuto de Autonomía Andaluza, Ley del Voluntariado Social, Ley del Voluntariado en Andalucía) que favorece la aparición y regulación del movimiento asociacionista, hace que el colectivo del voluntariado empiece a cobrar cada vez mayor importancia dentro de nuestra sociedad (López Noguero, 1996 y Torres López, 2000).

 

La Constitución Española de 1978 marca un antes y un después en todos los ámbitos y lógicamente también en el plano social. Se configura un nuevo marco político desarrollado a través de un sistema democrático, de economía de mercado que van configurando el llamado estado de Bienestar.

 

Durante los años ochenta, se ha ido desarrollando el proceso de configuración y posterior reajuste del llamado Estado de Bienestar. No cabe duda que la sociedad civil estaba participando en los cambios que se iban produciendo, influyendo en los ámbitos económicos, políticos, cultural y social, bien de modo organizado o  a través de sus representantes. De la mano de un reconocimiento jurídico, durante ésta década surgen en nuestro contexto Plataformas Nacionales, provinciales…etc. de Voluntariado y la representación de las mismas en Organismos Internacionales. Estas estructuras empiezan a colaborar activamente en el desarrollo de la Política Social y ocupan el papel protagonista que les corresponde en el marco de la participación social.

 

En los últimos años asistimos a una reestructuración de estado de Bienestar Social. Este reajuste ha cedido espacios de mayor participación a la “sociedad civil” en el ámbito de la atención social. Simultáneamente, la Administración reconoce la acción voluntaria a través de la Ley Estatal del Voluntariado en el año 1996, así como también lo hacen las distintas CC.AA, entre ellas Andalucía en el año 2001. Por su parte las Administraciones locales, por su proximidad a las necesidades colectivas de su entorno, articulan medidas de cooperación con entidades y grupos de voluntarios de sus municipios.

 

Por Raquel Pérez Serrano - José Domingo Hidalgo Herrera - Francisco Manuel García Ramírez

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